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Sabrina

Germán Pinazo



La experiencia es un peine que te da la vida cuando te quedas pelado, dijo alguna vez el gran púgil y animador Ringo Bonabena, y tocó, con perfecto poder de síntesis y elocuencia, un tema clave. La mayoría de las decisiones importantes que tomamos en la vida, las tomamos antes de que el tiempo nos dé las herramientas necesarias para hacerlo. Lo más grave de todo, es que esas decisiones muchas veces aparecen disfrazadas de asuntos triviales que, después de una serie de concatenaciones totalmente imprevistas, resultan ser decisivas.


La mayoría de las personas no es consciente de cuán trascendentes pueden ser las pequeñas decisiones. Y en algún sentido está bien que así sea, porque si nos diésemos cuenta todo el tiempo de la relevancia de cada uno de nuestros pequeños actos, y de la escasa información adecuada con la que contamos, sería imposible movernos.


Otras veces, uno vive con tanta intensidad algunas cosas que después los recuerdos se organizan en un antes y un después de ese evento. Hay momentos donde uno es consciente que ahí se está produciendo algo importante, porque lo espero demasiado, o porque, por algún motivo, lo siente en el cuerpo. El problema más grande, para mí, es que incluso en estos casos es difícil tomar una buena decisión.


A esta altura, seguramente es evidente que no soy alguien que tome decisiones a la ligera. Creo haber estudiado las distintas ramificaciones posibles de cada una de las disyuntivas relevantes de mi vida, casi hasta el absurdo.

A los 18 me inscribí para estudiar para actuario en la Facultad de Ciencias Económicas por tres motivos: porque era bueno con los números, porque pensaba que lo importante en la vida era tener plata, y porque, según mi papá un actuario era lo más parecido a un matemático. Y todos sabemos que no hay conocimiento más elevado que la matemática.


A los 25 hice la prueba para entrar en una de las compañías de seguros más importantes del país y entré. Y no solo eso, en un correo electrónico me hicieron la siguiente devolución: “nunca, en nuestros 50 años de historia, un postulante pudo resolver todos los ejercicios correctamente, incluso los tramposos”. Mi mamá le reenvió el correo a toda nuestra familia y yo sentí que había cumplido un objetivo importante en mi vida.


Cinco años después desarrollé una póliza que le hizo ganar fortunas a la compañía. Resulta que en 2006 cayó sobre Buenos Aires la peor tormenta de granizo de la historia, con piedras de hielo que llegaron a pesar casi dos kilos y caían con la violencia del apocalipsis. La tormenta destruyo autos y casas como nadie podía haberse imaginado. Desde luego que no pudo ser anticipada por ningún modelo meteorológico, y despertó sobre las conciencias frágiles de los porteños un pánico de lo más peculiar sobre el hielo. Estadísticamente es imposible que vuelvan a caer piedras de esa magnitud; sin embargo, cada meteorólogo que aparece por la radio y la tele alerta desde entonces, ante cada nubarrón, el riesgo de granizo. Y cada porteño de bien busca como resguardarse ante semejante castigo del cielo.


Yo fui el primero en el mercado en sugerir que ofreciéramos una poliza ante eventuales daños por caída de granizo, y así, a los treinta cumplí un segundo objetivo en mi vida: me llené de plata. Es infinitamente improbable que se produzcan daños por granizo en la Ciudad de Buenos Aires y, sin embargo, la gente está dispuesta a pagar un dineral para dormir tranquila ante el peligro inminente del hielo. Así las cosas, ahora tengo toda una división a mi cargo en la compañía, un auto re cheto y me compré un departamento en Puerto Madero, cerca de la reserva ecológica.


Pero no todo puede ser calculado, como pensaba. Hoy, el gran problema de mi vida tiene nombre y apellido: Sabrina Bustamante.


Sabrina tiene 8 años menos que yo y entró a trabajar en la división hace dos años. Es una mujer hermosa en un sentido clásico del término: su cuerpo tiene unas proporciones que, casi por una cuestión instintiva, nos invitan a acercarnos. Pero no es eso lo que la hace particularmente atractiva, casi irresistible. Muchas mujeres (y hombres) son bellas (y bellos), y no generan ese efecto hipnótico en los demás. Lo que tiene Sabrina es una sensualidad muy especial. Hay una armonía en todos sus gestos que es única, todos ellos son siempre delicados y sutiles pero nunca frágiles; y su mirada, intensa pero no intimidante, es la de alguien que tiene claro lo que quiere. Esa combinación entre belleza, delicadeza y decisión es lo que hace que más de uno de nosotros tenga que mirar para otro lado cuando nos mira.


Al principio de nuestra relación no tuve grandes problemas. Lógicamente, mis ganas de estar con ella fueron creciendo a medida que interactuábamos. Cada intercambio, cada sonrisa suya, fueron transformando el deseo en obsesión. Pero siempre dentro de lo manejable. El problema fue cuando un día, violando todos los protocolos y todas mis previsiones, ella me invitó a salir.


Yo la seducía todo lo que podía durante nuestros breves intercambios, pero siempre pensando que, dada nuestra asimetría jerárquica, las posibilidades de un encuentro dependerían básicamente de mi iniciativa, y eran muy poco probables. Para mi sorpresa, un día en mi oficina, discutiendo alguna cosa trivial de trabajo, ella me sugirió:

—¿Y si la seguimos en mi casa?


Así nomás y con total normalidad. La pregunta no dejaba lugar a dudas, pero a su vez estaba hecha con tanta naturalidad que no parecía que fuese una invitación a romper todos los códigos éticos laborales. Su actitud me produjo un poco de pudor y a la vez fue irresistible. Por supuesto que la seguimos en su casa y para mí fue una condena: nunca tuve una experiencia parecida, y dudo mucho que la vuelva a tener. Cada detalle, desde su ropa interior, hasta el último pliegue de su cuerpo me parecieron perfectos. Cada movimiento, cada respiración, los olores; todo de aquella tarde fue una experiencia como fuera de contexto, como algo que hubiese ocurrido en otro plano de la realidad.


El problema es que, contra todos mis pronósticos y esperanzas, la experiencia no se volvió a repetir. Y digo contra todos mis pronósticos porque salí de ahí pensando que realmente ella la había pasado bien; quizás no tanto como yo, pero sí como volver a repetirlo. Pero aparentemente no fue así.

Pasados unos días prudenciales, que dejé correr cuidadosamente para ver si el asunto tenía alguna consecuencia laboral no deseada, calculé un encuentro en el comedor de la empresa y le sugerí casualmente que nos encontrásemos de nuevo:


—Me encantaría —me dijo—, pero ¿te molesta si lo dejamos para más adelante? Estoy con algunos quilombos familiares que necesito sacarme de encima.

-No, claro -le dije con total normalidad, mientras se me hacía un nudo en el estómago. Y supe, sin lugar a dudas, que ese encuentro no se iba a repetir nunca más.


De ese encuentro pasó casi un año y todavía, inevitablemente cada una o dos semanas, sigo teniendo el mismo sueño recurrente: soy yo, en el cuarto de mi infancia, mirando en el celular el contacto de una mujer hermosa con la que estuve alguna vez, pensando en cómo invitarla de nuevo a salir. No sé por qué es mi cuarto de la infancia y la mujer no tiene, o no lo recuerdo cuando me despierto, nombre. Su rostro algunas veces es distinto, pero la certeza es siempre la misma: esa sensación no vuelve nunca más.


Sabrina sigue trabajando en el mismo piso que yo, y si bien con el tiempo he recuperado casi toda mi funcionalidad, hay algo que no me deja tranquilo. ¿Qué hace con Diego? Debe hacer algo así como ocho meses que me di cuenta que, de vez en cuando, un tipo venía a buscarla a la oficina. A veces al mediodía para almorzar juntos, y a veces al final del día. Casi sin disimular mi indiscreción, pude averiguar por un compañero de ella que era su novio y que pensaban casarse.


¿Quién se casa hoy en día?, pensé casi inmediatamente. Pero lo que más me perturba es saber qué le vió a un tipo, que parece de lo más ordinario. Mide algo así como un metro ochenta, pero anda casi siempre desalineado. A veces viene incluso con zapatillas rotas y me animaría a decir que se corta el pelo solo. Si tuviese que adivinar, me lo imagino maestro de primaria o alguna cosa por el estilo.


El asunto es que me doy cuenta que él está por venir porque ella se pone particularmente alegre e incluso parece ansiosa. Yo trato de estar lo menos pendiente posible, pero me doy cuenta igual. Y cuando él viene a ella se le dibuja una sonrisa que me produce un agujero en el estómago horrible de la amargura.


Sé que algo voy a tener que hacer porque así no puedo seguir. No debería pedirle la renuncia porque no tengo ningún motivo para hacerlo pero, por otro lado, no voy a ser yo el que se vaya, eso está más que claro. Lo que me gustaría saber es en qué momento me equivoqué porque, por más que repaso y repaso, no puedo darme cuenta.

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ISSN 2618 - 5296

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