• Punto

Si la luna nos sigue

POR SALVADOR DOMÍNGUEZ

Distante y lúgubre, la luna inadvertida mordía sin querer con sus dientes enardecidos de luz el cristal de la pobre ventana de Victoria que por cierto, bailaba con la misma intensidad sobre el borde de la cama del dormitorio principal. Mas allá de lo imaginable se oía el chillido de las maderas de roble, los pies de Mariana acercándose, subiendo las escaleras lenta y segura tomada del barandal. Victoria, desde el pudor de su deseo supo sonrojarse ante la figura de ella y se quito el mechón de pelo crespo en su cien. Busco por instantes cortos la mirada de Mariana y en otros mas fugaces el cobijo de la luna creciente que les sonreía tranquila y sin apuro contemplando el silencio. -¿Victoria, sabes a lo que vine? -Si. - De día somos dos muchachitas corrientes. Sensibles, puras, muertas de ganas de que venga un príncipe azul relativamente apuesto y nos baje la luna con la palma de la mano. Visto así suena una buena cuartada. -Shhh, mariana. -Comprende que no voy a callarme. Sin embargo, las dos bien sabemos cual es la necesidad, nuestro anhelo mas recóndito dentro del alma. - Ya lo se, no es necesario que expliques el mundo. Y es mejor hacerlo que comentarlo. Noche de abril silenciosa, la luna seguía presente, crecida y aún mas blanca que de costumbre, relucía el fundillo del pantalón de Mariana reflejándose en los lentes de Victoria mientras ella, siempre ella, mordía sus labios perspicaz e insensata, se molestaba reintentando morder sus labios, ruborizándose sobre las sábanas cubiertas de flores amarillas. - Si no fuera tan repentino todo esto podría desvestirme al ritmo de Jam Sessions... - Prefiero mil veces All the things you are, preciosa. Y el silencio cuajo el rocío del aire. Tranquila y serena, Victoria entregada a los suaves pómulos de su querida... Mariana mientras tanto jugaba con sus cabellos, luego recorría la piel translúcida de la mujer que tenía en frente. Un vestido blanco cubierto de margaritas que se desprendía de atrás y las punzadas del corazón eran dulces. Un sabor pálido a cereza de los labios adyacentes... el vestido cayo bajo las rodillas de Victoria posterior a unas cuantas muy pocas caricias de su inesperada amada. Si es pecado a ninguna parecía importarle demasiado como para redimirse ahora que era tan tarde. Estaban las dos bien hartas de lo establecido, la rutina, de los testículos y el aroma repelente de un campesino o el olor igual de penoso de un pintor de poca monta. Mariana tampoco duro demasiado en el acto. Miró ya semidesnuda a Victoria y el corpiño de seda roja se deslizó en la curva de sus senos en menos y mayor proporción de lo que quisiera pensar. La luna creciente empezaba a tergiversar. Se arregló para hacerse más y más grande. La luna viendo las fechorías de Victoria y Mariana que caían de repente en un movimiento brusco al colchón y en medio del vapuleo de alientos, la ensalada de piernas candentes; Victoria gimiendo cuando la otra joven besaba su cuello suavemente y permanecían mirando el techo también de madera, abrazadas acariciándose piel con piel o juntas de la mano, tendidas entre tantas insatisfacciones quebradas y el horizonte del cielo contemplativo. Las dos quedaron destartalas y lúcidas, tapadas con una sabana de la cintura hacia abajo y nada ya podía perturbar el sosiego de la velada, excepto la luna, esa luna creciente. Cada uno hizo lo propio. Victoria prendió un L&M blanco y largo y las cataratas de humo envolvían el ambiente. Mariana menos entrenada para esas situaciones se volvía loca, recorría la habitación y Victoria que mirándola aspiraba otra bocanada de tabaco y sonreía sin emitir sonido. -¿Cómo es eso de que la luna ha crecido particularmente esta noche? -No quisiera responderte querida. Deja al menos que termine el cigarrillo que me queda, sin embargo me tomaré el trabajo de decirte que así lo dicta el destino. Él es sabio e inevitable. Basta de planteos tontos - y las muchachas que se besaron como quienes comprenden el amor. La luna acrecentó su tamaño con cada beso, caricia sincera. Ahora Mariana era quien gemía y la luna... Ya no era tan bella como lo previsto. Crecía y crecía sin pudor, mostraba más su lado oscuro y se dieron cuenta de que la situación fue insostenible. La más valiente de las dos se levanto fríamente y dijo : Señora luna llena(si es que así desea ser llamada), ¿por qué entre tantas habitaciones prefiere quedarse justo aquí, a casi un metro de mi tonta ventana? La luna se negó a responder. -Señora luna, usted no respeta la privacidad. Es irrespetuosa como si misma. - Ahí es donde se equivoca, Victoria. Soy yo quién más respeta la privacidad, o por qué creen que la gente prefiere la noche. Ustedes sigan tranquilas, que están protegidas cuando las mira la luna y duerme la ciudad.

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