• Punto

Tristeza proletaria


Por Leonardo Palermo, estudiante de lengua y literatura en UNGS


Como un castillo de naipes, mi vida ya se había derrumbado ¿Y qué podía hacer un hombre que hacia sus treinta y tantos había quedado desahuciado? Me encontraba en la bancarrota de la vida. Hacía un año había sido despedido luego de quince al servicio de una fábrica de vidrios. En la misma también trabajaron mi padre y mi abuelo. Nunca una falta, nunca una llegada tarde, nunca un conflicto. Ni siquiera adhería a las huelgas de mis compañeros, bajo la idea de que esa fábrica había dado un estilo de vida más o menos cómodo a tres generaciones de la familia Hernández. Sin embargo, ese día no hubo empleado del mes, no hubo premio al presentismo, ni la invitación del patrón a una cena en su casa, ni el saludo de su parte ya acostumbrado en el día de mi cumpleaños. Ese veintitrés de marzo de 2019, en mi cumpleaños treinta y cuatro, llegué temprano a la puerta de la fábrica, como todos los días. Pero el único mensaje era un cartelito en el portón de entrada que decía que estábamos todos eximidos de nuestros puestos de trabajo. Lindo regalito. Inmediatamente volví a casa y llamé al sr. Bonelli, el dueño de la fábrica. Decía valorarme tanto que hasta me había dejado su número personal. Hasta entonces se refería a mí como su "amigo" y me tenía en muy alta estima. Por eso, para mí fue natural intentar llamarlo… pero el sr. Bonelli no respondió. No respondió ese día y no respondió nunca más. Así fue como, de la peor forma, me enteré de que estuve jugando el partido del lado equivocado de la cancha. Me sentí un mal compañero y no pude volver a verle la cara a los demás. A las semanas, mi esposa Elizabeth me abandonó y con ella se llevó a mí hija. Dijo que era por un tiempo hasta que consiga otro empleo. Pero a los pocos días se había instalado en la casa de un fulano, con el que aparentemente me había engañado durante años. Supe por Daniela (una amiga de Elizabeth que le había reprochado la forma en la que me abandonó) que mi pequeña Lorena había dicho su primera palabra. Y esa palabra había sido "papá", pero el destinatario había sido Miguel, la nueva pareja de Elizabeth. A los meses, tuve que cesar el pago del crédito de la casita que habíamos comprado con ella. El banco, finalmente, me la embargó. En esas condiciones, con la cabeza gacha y con el orgullo destrozado, tuve que volver a casa de mis padres con la derrota sobre los hombros. Al tiempo, mamá enfermó gravemente y falleció. El hospital estaba colapsado y los turnos nunca llegaban. La velamos sin la posibilidad de darle una despedida como hubiese merecido. Con mi padre pasamos solos la navidad y fin de año. Echamos maldiciones al 2019 y juramos que el año entrante iba ser nuestro. Empezamos el 2020 invirtiendo nuestros últimos ahorros en un emprendimiento. Compramos un truck-food usado y ese verano, junto a él y mi primo Marcos comenzamos nuestra aventura por distintos puntos turísticos en la costa. Marcos, cocinero de profesión, inmediatamente se entusiasmó con la idea y se sumó al proyecto. Fueron días muy felices. Reíamos día y noche y nos burlabamos del Destino creyendo que lo malo había quedado atrás. Pero el Destino, evidentemente, tenía por ley aquella vieja máxima que reza "el que ríe último ríe mejor". Enero, febrero y sus grandes ganancias quedaron atrás. A principios de marzo, los grandes medios de comunicación empezaron a documentar una nueva enfermedad de origen chino. Todo eso nos parecía tan lejano que no se nos ocurrió ni por un minuto que eso iba a interferir en nuestras vidas. A mitad de marzo, empezaron los primeros contagios. Papá fue uno de esos primeros casos. A la semana falleció. Con Marcos abandonamos todo y volvimos cada cual a su casa. Los fantasmas del año anterior volvieron a entrar en casa de mis padres y se instalaron como un cuervo en la sala de estar. Jamás se me dio bien eso de la Literatura. Pero siempre me causó mucha impresión algo que dijo mi profesora de Lengua una vez: "Los personajes de Shakespeare suelen suscitar cambios bruscos en el clima de acuerdo con sus sentimientos". Jamás olvidaré la escena de la tormenta inclemente en el Rey Lear. Tal vez mi tristeza era tan ancha que había desatado la Peste más grande de la historia… … Y tan honda que había puesto a media humanidad en cuarentena.

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