• Punto

Voceros de la marginación

Por Verónica Vallina

Docente en ISFD n°21 “Dr. Ricardo Rojas”


"Monstruos, anormales, niños y mujeres. Los narradores de Distancia de rescate como visibilizadores de la marginación social."

¿Qué es lo “normal”? ¿Qué es lo “anormal” o “monstruoso” ?, ¿Qué implica ser calificado de una manera u otra?, ¿Quién determina las leyes de lo natural o los límites de la normalidad? ¿Cómo repercute a nivel individual y social la anormalidad y/o monstruosidad? Estas son algunas de las preguntas que suscitan una gran cantidad de relatos de la escritora argentina contemporánea, Samanta Schweblin. Distancia de rescate (2014), la novela que la consagró en el campo literario y popularizo su obra, emite a estas preguntas, convoca a reflexionar sobre esta triada de conceptos -normalidad, anormalidad, monstruosidad- y las tensiones ideológicas que generan dentro del relato. Pero el asunto no se agota allí, la marginación suele ser intrínseca a la condición de monstruo o anormal; por lo tanto, es otro factor a considerar a la hora de indagar en torno a estos conceptos. Esta novela no solo pone en primer plano a monstruos y anormales, representados en ella -principalmente- por niños deformes y animales agonizantes, sino que también les da voz y visibiliza, por medio de uno de sus narradores, David, quien obstenta desde el punto de vista de sus propios padres, el título de “monstruo”. Antes de profundizar sobre estos temas dentro de la obra de Schweblin, es necesario repasar algunas de las propuestas teóricas en relación a lo anormal, lo monstruoso, la marginación y la propia Literatura.


Considerando los planteos del filósofo Jaques Rancière en Política de la Literatura (2013), la Literatura resulta un discurso ideal para reflexionar acerca de estos temas, ya que, según este autor, esta ejerce un tipo de democracia ideal en la cual nadie es dueño de la palabra –le da voz tanto a los hombres, como a las piedras-, define al mundo que habitamos desde otra mirada, establece otro vínculo entre las palabras y las cosas. La mirada de sobre la Literatura de Gilles Deleuze en Crítica y clínica (1996) resulta a fin con esta lectura es el de la escritura como devenir menor, como un proceso que atraviesa por toda experiencia posible, que está en constante cambio y adopta expresiones de subjetividad (territorizaciones, construcciones comunes


que pueden formar parte de la construcción subjetiva de las personas) contrarias a la del Hombre -la cual se construye como expresión dominante que pretende imponerse a toda materia-, como una mujer, un niño, un animal, una molécula, algo imperceptible.

Tras haber expuesto los motivos por los cuales la Literatura resulta un discurso idóneo para trabajar en relación a estas cuestiones, solo falta establecer la perspectiva teórica desde la cual se abordaron los conceptos de anormal, monstruo y marginado. Según el filósofo francés Michel Foucault en Los anormales (2007), la noción de monstruo –desde el discurso hegemónico occidental- atenta tanto contra las leyes de la sociedad como las de la naturaleza, lo cual –a su vez- constituye cierto grado de peligrosidad dentro de los campos de lo jurídico y lo biológico, instituciones del Poder que se construyen como portadores de la verdad. Además señala que en cada época hubo formas privilegiadas de lo monstruoso, acorde con las inquietudes filosóficas/científicas, necesidades sociales o intereses de la hegemonía de aquel entonces .La condición del monstruo ya implica una transgresión extrema que anula la voz de la ley, queda fuera de ella, lo cual le confiere un carácter indeterminado que molesta al Poder–entendido por Foucault como una fuerza que somete a los sujetos por medio de una serie de estrategias de control ininterrumpido de sus conductas- , ya que, al no poder clasificarlo, tampoco sabe cómo corregirlo,


cómo ejercer control sobre él. El monstruo está compuesto por pequeñas anomalías. El anormal justamente se trata de un monstruo cotidiano que se ha logrado trivializar, por lo cual no ha salido del marco de la ley, puede ser peligroso, pero no incontrolable.


En cuanto a la noción de marginado, Howard Becker, en Outsiders: hacia una sociología de la desviación (1963), señala que la desviación es producto de la norma social misma que impone algún grupo social a sus miembros. Sin embargo, no es la infracción de la norma en sí lo que genera la marginación, sino la respuesta de los otros al accionar de un sujeto, ya que sucede a veces que las infracciones pasa


n inadvertidas sin generar consecuencias al infractor. Becker profundiza en su planteo inicial, y añade que dentro de una sociedad se generan diferentes grupos, cada uno crea sus propias reglas y juzga a quienes no las cumplen, pero ¿qué ocurre cuando se ponen en contacto?, ¿Cuál de ellos impone su norma al otro? Becker responde que el factor determinante son las diferencias de poder, marcadas por distinciones de edad, sexo, etnia y clase, además brinda algunos ejemplos, como los


adolescentes que deben atenerse a las reglas de los adultos, los extranjeros a las de los nativos del lugar o los hombres a las mujeres, y explica.


Distancia de rescate presenta dos narradores intradiegéticos -lo que significan que además de narrar, cumplen un rol dentro del universo que construye el relato- que dialogan entre sí, Amanda y David1. Una mujer y un niño con identidades incompletas desde lo verbal, ya que nunca se menciona el apellido -que suele ser el nombre de familia del padre- de ningún personaje; dos expresiones de subjetividad menores, que en el transcurso del relato devienen


constantemente en menor. Amanda, mujer heterosexual de clase media proveniente de la ciudad, devine en una mujer con una inexplicable atracción hacia otra mujer, Carla, devine en madre que oscila entre la sobreprotección de su hija, Nina, y una dañina ignorancia acerca de los peligros a los que la expone en ese lugar, deviene en persona intoxicada por agroquímicos, deviene en sujeto moribundo y finalmente devienen en espectro, un mero observador de una escena que desarrollaría un mes después de su muerte. David, niño de clase media proveniente del campo, deviene en niño intoxicado, enfermo, deviene, según su madre, en sujeto desdoblado, con cuerpo y alma separados, deviene en anormal físico y moral, con marcas en la piel y conductas que no condicen con lo que se espera socialmente de un niño de su edad, y finalmente deviene en monstruo familiar, un ser que tanto su padre como su madre rechazan, en gran parte, porque no pueden ejercer un control sobre él.


David es categorizado como monstruo tanto en la física como la de las conductas sociales por los adultos de la novela, Carla –su madre-, por Omar –su padre- y Amanda e incluso el marido de esta última, aunque David de


clare lo contrario en el mismo presente de la narración, “Soy un chico normal” (2016, p. 35). Así, el discurso de aquellos con más poder por una cuestión etaria termina determinando su lugar como monstruo. Incluso Amanda, quien apenas lo conocía, reproduce –no importa si voluntaria o involuntariamente- el discurso de Carla: “Te llamó “monstruo”, y me quedé pensando también en eso. Debe ser muy triste ser lo que sea que sos ahora, y que además tu madre te llame “monstruo” (p. 35). Amanda reafirma las palabras de Carla, ya que al no negar ni poner en cuestión lo que dice la otra mujer, está implícitamente adhiriendo a su discurso.


Las marcas que le dejó en el cuerpo su infección son asociadas a la anormalidad por Amanda, como demuestran algunos pasajes de la novela en que ella da cuenta de la apariencia del niño: “Si no fuera por las manchas blancas que tenés en la piel serías un chico normal y corriente.” (p. 49). En el enunciado de Amanda, la condición para que David sea normal –en relación con lo físico- es una piel que no presente irregularidades, un cuerpo armónico, valor de belleza que se sostiene desde los planteos de Platón, y que sea uniforme, que no se vea irrumpido por manchas de otro color.

Aunque la corporeidad de David tiene una importancia para su madre, la conducta del niño tiene muchísimo más peso para Carla a la hora de calificarlo de anormal o monstruo. Las descripciones que Carla realiza de la conducta de David en la escena de los establos abandonados de Omar permiten reconstruir algunas de las transgresiones sociales que sus padres perciben como anormalidades que, en conjunto, hacen de David un monstruo: “Extraño puede ser muy normal. Extraño puede ser solamente la frase “eso no es importante” como toda respuesta. Pero si tu hijo nunca contestó de esa manera, la cuarta vez que le preguntás por qué no come, o si tiene frío, o lo mandás a la cama, y él responde, casi mordiendo las palabras, como si todavía estuviese aprendiendo a hablar, “eso no es importante”, yo te juro Amanda que te tiemblan las piernas.” (p 70). Este diálogo de Carla expresa una idea de anormalidad bastante similar a la que desarrolla Foucault cuando explica cómo el discurso de la psiquiatría construye actualmente la anormalidad desde pequeños desfasajes en la conducta, en que lo más cotidiano, lo más común puede transgredir los límites de la normalidad. El personaje desarrolla la anormalidad de David desde únicamente la manera en que se expresa: en lo que dice “eso no es importante”, la frecuencia con que lo dice, señalada por el adjetivo “cuarta”, y la forma en que lo dice, para la cual ella emplea una metáfora “mordiendo las palabras” y una comparación “como si todavía estuviese aprendiendo a hablar”, ambas figuras retóricas remiten a cierta animalidad. El verbo “morder” es una palabra cuyo valor suele estar asociado a los animales o monstruos -para una persona se utiliza más el verbo “masticar”- y el manejo de la palabra suele emplearse como un signo propio de lo humano.

La antítesis de la primera oración de la cita “lo extraño como normal” también puede pensarse en relación con lo siniestro según Freud, lo familiar que se torna extraño y amenazante para el sujeto. David resulta siniestro para Carla, alguien proveniente del seno familiar, a quien creía conocer, se ha torna extraño, desconocido, al punto de que no lo reconoce como su propio hijo. Además, algunas de las características o costumbres de David remiten a temas propios de lo siniestro como: el doble, la transmigración como proceso mágico que separa cuerpo de alma, la cual provocó un desdoblamiento en el personaje cuando este aún era pequeño, las conductas repetitivas, como brindar una misma respuesta para cada pregunta, que remiten a la idea del autómata -un ser vivo que actúa como un objeto, una máquina-, y lo valores convencionales vinculado con la niñez. Las nociones de niñez más comunes, las que se sostienen desde la época victoriana, califican al niño como un ser inocente –rozando lo ingenuo-, ajeno a ideas como la muerte, la violencia, el prejuicio o la angustia, dependiente de los adultos, David transgrede todos esos valores, él entierra los animales que mueren en los alrededores, llora por ellos, pasea por el campo solo de noche y no depende del cuidado de sus padres.


La idea de normalidad opera con tanta fuerza sobre Carla, que hasta confiesa que preferiría que su hijo fuera quien matara a los animales en lugar de enterrarlos, solo porque responde a una conducta más común en el contexto campestre. Ella disminuye el valor negativo de asesinato de unos animales al utilizar como referencia "esas cosas". A Carla le produce la angustia del siniestro que David repita siempre "eso no es importante", que entierre animales, que pasee solo de noche, pero no le parece tan terrible que un niño mate un animal porque "en el campo esas cosas pasan".


Aunque el padre de David solo toma la palabra al final del relato, se puede reconstruir parte de su mirada hacia su hijopor medio de la voz de Carla, quien dentro de alguna historia describe el vínculo entre padre e hijo. Según Carla, Omar no solo califica a su hijo de anormal, sino que también evita tener el menor contacto posible con él, como si se tratase de la exclusión de los leprosos en el Medioevo. No mencionar a esos “otros” –monstruos, anormales-, no reconocerlos desde lo discursivo es una manera de disminuirlos, ya que las prácticas discursivas no se limitan a lo textual o verbal, también incluyen gestos, acciones, conductas, etc. Omar al hablar de David sugiere que ni siquiera desea comer junto a él, lo minimiza como sujeto. Carla también menciona que las escapadas nocturnas de David lo volvían “loco” a Omar, al punto de que toma la decisión de cerrarle la puerta con llave a su hijo durante las noches; si no le fuera indiferente, no intentaría ejercer algún tipo de control sobre él -pese a que dicho control se podría interpretar como que simplemente acepta su rol normalizador de padre-. Lo más interesante es que David revaloriza las palabras de su padre al final del relato, debido a que lo último que le muestra Amanda es la charla que comparte el marido de esta y Omar, y el niño le pide que preste particular atención en las palabras de su padre. David re significa la figura de su padre, no lo construye como un hombre desinteresado en su hijo o controlador como ocurre en los relatos de Carla, sino como alguien atravesado por la pérdida de sus caballos. Cabe aclarar que esta reivindicación de la figura de Omar como un sujeto que posee una comprensión de la situación más amplia de lo que parece no quita que vea a su hijo como un anormal.


En esa escena final, también se puede observar una breve apreciación del marido de Amanda, quien, al ver a David, pone su atención sobre todo a sus manchas. Aunque por un momento, el marido de Amanda intenta comprender a David, predomina el prejuicio hacia el otro diferente, marcado por la expresión “tonta” para describir la mirada del niño. Los adultos de Distancia de rescate como reproductores de un discurso hegemónico ven y construyen a David como un monstruo que inquieta, incomoda, tanto por su aspecto como por su conducta.


David es quien da inicio a Distancia de rescate y quien formula la necesidad de reconstruir el relato para “(…) encontrar el punto exacto en el que nacen los gusanos” (Schweblin, 2015, 11). Ese enunciado –que, en primera instancia, resulta tan confuso para el lector y hasta para el mismo personaje de Amanda- refiere a la sensación en el cuerpo que genera la intoxicación en un estado avanzado. El “punto exacto” remite al momento en que Amanda y Nina se exponen al veneno, inconscientes al peligro que representa los agroquímicos que la narradora confunde por rocío. Ambos momentos, tanto cuando se descubre el sentido de los gusanos, como cuando estos surgen son eventos vinculados con las causas de la monstruosidad de David, Nina y los otros niños. Tampoco es casualidad que se revele lo de los gusanos al mismo tiempo que Amanda se cruza con los niños deformados de la región. David moviliza y orienta el relato de Amanda hacia los hechos que son importantes para él, exhibir a esos niños que se los ha recluido a una salita de hospital, a esos animales que terminan enterrados en su patio de atrás, el veneno del que nadie habla, el peligro que este representa y que los adultos no advierten, las consecuencias de todo lo anterior.


David necesita del discurso de Amanda para que desde su lugar privilegiado como adulta en devenir menor pueda visibilizar lo que él no puede por medio de la palabra por su condición de niño monstruo, y, a la vez, Amanda necesita de David para "ver lo importante", que no solo perciba su descuido como madre, sino también el peligro latente que representan los agroquímicos y el carácter de David más allá de esa imagen de monstruo que se ha creado de él. Al final del relato, Amanda reconoce que aquello que Omar ve como una excentricidad -la nueva costumbre de David por atar todo- es, a su manera, una forma de intentar de recomponer lo que está mal.


David a lo largo del relato, acompaña a Amanda en el dolor está con ella en su momentos finales en la salita, le da entierro a los animales, empuja hacia delante a los niños que solos no pueden, los eventos que al resto se le presentan de manera fragmentaria (males que a simple vista parecen desvinculados uno de otros, como niños que nacen deformes, animales que mueren) los anuda a una misma causa, el veneno que transportan los bidones de Sotomayor. Así como David ata las cosas del living entre sí con hilo sisal para mejor el estado deplorable de su casa, él hila lo que se vivencia en el campo –la región en que se vive es de alguna manera parte de la “casa” de un sujeto- por medio del relato, intenta mejorarlo al poner en palabras aquello de lo que no se habla. La ausencia de explicitación de esta problemática actual logra reconstruir un clima de época en que hay un silencio mediático, institucional, hasta en la vida cotidiana –en especial en los espacios urbanos- en torno a este problema de los venenos en el campo.


Es atreves del dialogo, en ese encuentro entre el discurso de Amanda y el de David, que se gesta un cambio en la mirada de ella. Liberada de los discursos impuestos por referente de autoridad como lo es Carla para Amanda2, es capaz de ver en la conducta de David un gesto humano –destacable por su empatía, por su intento de transformar la contaminación, en más de un sentido, que lo rodea-, y no monstruoso como lo construyen sus padres; puede dar cuenta de toxicidad que ya es parte cotidiana de la vida del campesinado: “¿Se trata del veneno? Está en todas partes ¿no, David?/ Siempre estuvo el veneno.” (p. 116)-. La pregunta que Amanda formula es contestada por ella misma, es más una afirmación que busca una confirmación de David por medio de ese “no” interrogativo. La respuesta de David es aun más contundente que una afirmación, suma una condición más a toda la situación, el veneno no solo “está en todas partes” sino que también “siempre estuvo”, lo cual significa que lo abarca todo, tanto desde lo espacial -“partes”- como de lo temporal –“siempre”-, no es algo exclusivo de una zona o de un periodo en el tiempo. Ergo, la nueva perspectiva de Amanda podría interpretarse también como consecuencia directa de su nueva condición marginal, ya que su intoxicación la vuelve, en cierto grado, parte de ese grupo de niños y animales víctimas del veneno de los cultivos.


David visibiliza a aquellos que no tienen acceso a la palabra, por lo tanto –desde la perspectiva de Racière- no pueden ejercer la política, los sin voz -lo cual invisibiliza su propias experiencias- a los niños y los animales. Como se ha demostrado en citas anteriores, David no se considera ni anormal, ni monstruoso, pero sí se reconoce como parte del grupo de niños que se han visto afectados por el veneno, y los hace visible dentro del relato. Por ejemplo, cuando Amanda se encuentra demasiado confundida para narrar con fluidez y detalle, David le señala el encuentro que tiene ella con él y el resto de los niños deformes en la calle cuando ya no puede manejar por la intoxicación. Él no se distingue de ellos, forma parte de ese “nosotros”. En este intercambio entre Amanda y David, este último pone en evidencia a la marginación a la que son sometidos estos niños monstruos, que deben pasar –la mayoría de las veces el día entero- encerrados en una sala médica, aislados del resto de la sociedad. Lo que David llama “la sala de espera” posee la misma función para ellos que un hospital psiquiátrico para un loco, no pueden ser juzgados por la ley por estar enfermos, así que se ejerce un control normalizador diferente sobre ellos. Lo más destacable es que los niños anómalos son los que componen la mayoría, en el lugar que viven lo más recurrente es la transgresión a la norma, lo "raro" es ver chicos "normales", no monstruosos, pero aun así se tiende a ocultar a aquellos que no condicen con los modelos hegemónicos que reproducen los adultos de la novela. Esto demuestra que las leyes que determinan los límites entre lo normal y lo anormal no condicen con el común denominador de un sector social, sino con los valores que imponen aquellos que tienen acceso al poder y sus discursos.


El personaje de Nina también hace uso de la primera persona del plural, sin embargo la forma en que lo emplea ella es más ambigua: “-Nos parece ideal- dice Nina, convencida desde siempre de que diálogo señorial es en plural/ Me gusta lo del plural” (p. 40). El comentario de Amanda acerca de la costumbre de Nina por usar el plural en ese juego en que ellas fingen ser señoritas de alta sociedad, pasaría como un detalle de poca relevancia, si no fuera por el comentario posterior de David, en el cual rescata el uso del plural. La ambigüedad que integra ese “nosotros” de Nina –ese desdibujamiento entre el significante y el significado- provoca una proliferación de sentidos. Por ello, la lectura de este gesto de Nina desde el fantástico de Rosemary Jackson resulta la más acorde a este análisis. Para esta teórica, el fantástico se puede entender como una metonimia, la transformación en un “otro”, en ese juego entre madre e hija el objetivo justamente es fingir ser un “otro”, Nina nota algo que Amanda no, que ser un “otro” implica otro empleo del lenguaje. Sin embargo, lo mencionado anteriormente no terminaría de darle sentido a la elección del plural que a su vez es el aspecto en el que David hace énfasis. El fantástico desde este punto de vista teórico transgrede los límites de lo establecido, desde lo lingüístico, Nina transgrede la idea de la identidad, en que el sujeto se reconoce como un ser único, independiente a lo demás, porque ella en la lingüística de su juego es más de un sujeto a la vez, indivisible de esos otros sin referencia concreta. Nuevamente al no aclarar quienes integran ese nosotros, la referencia podría cubrirla cualquiera, y no necesariamente una comunidad de la que ella es parte.


En Distancia de rescate, la monstruosidad es un componente esencial de la escritura que permite poner en tensión valores que se transmiten desde lo discursivo y develar conflictos de poder que a veces pasan de ser percibidos. David es un monstruos creados por adultos que después se desligan de esa responsabilidad. Similar a lo que le ocurre a la creación de Frankenstein que, al ser abandonado por su creador y repudiado por la sociedad a causa de sus condiciones de existencia que desafían los límites de la normalidad, no le queda otra opción que ser el monstruo que dicen que es. A diferencia del monstruo que plantea Shelley, el monstruo de Schweblin interpelan a sus creadores, y encuentras en su condición indefinida un medio para visibilizar a sus pares, a los marginales, debido a que la anormalidad siempre va de la mano con la desviación de la norma, de la marginación.

Notas

1 Estos pueden identificarse a simple vista por el cambio que se produce en la tipografía, de imprenta a cursiva, cuando David toma la palabra. Este distintivo visual puede interpretarse como una particularidad en aquello que se ausencia en la escritura, la entonación. La voz de David escapa a lo convencional ya desde la materialidad de la palabra.

2 A lo largo de la novela, Amanda manifiesta cierta admiración, sentimiento que siempre le otorga cierta posición de poder al admirado, hacia Carla. La idealiza al punto de que pensaba que no era de la región, que venía solo de vacaciones y que en realidad era de la ciudad. Sin embargo, el momento en que se hace más evidente el poder que Carla ejerce sobre Amanda es cuando esta última empieza a sentir los síntomas de la intoxicación con mayor intensidad: “Si tu madre fuera unos cinco años más grande podría ser la madre de las dos. Nina y yo podríamos tener la misma madre” (p. 94). Ante la vulnerabilidad, Amanda plantea una situación hipotética –marcada por el “si” del condicional y el verbo ser “fuera”, la persona no puede ser algo que no es- en que le cede el rol de madre a Carla, es decir, le otorga un poder sobre ella y Nina. Amanda misma se posiciona en la misma situación de poder que un niño, su hija.


Bibliografía:

Becker, H. (2009). Outsiders. hacia una sociología de la desviación. Buenos Aires: Siglo XXI.

Deleuze, G. (1996). Crítica y clínica. Barcelona: Anagrama.

Foucault, M. (2007). Los anormales. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Freud, S. (1994). Lo ominoso. En S. Freud, Obras completas. Tomo XVII (págs. 217-251). Buenos Aires: Amorrortu.

Jackson, R. (1986). Fantasy: literatura y subversión. Buenos Aires: Catalogos.

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